Los guantes del huerto eran ásperos, los acariciaba antes de dárselos a mi abuelo en aquél cuartucho de madera despintada y descorchada por los años. Al caer la tarde, se sentaba en su rincón y bebía coca-cola mientras observaba la puesta de sol, ataviado con esos pantalones cortos que daban sentido al color “blanco roto” y la camisa más vieja que tenía. Yo no quería perturbar su momento, así que le miraba de reojo desde lo alto del tejado sin que se diera cuenta. Así, pensaba yo, compartíamos ambos el mismo instante.
Más tarde, guardaba los guantes de nuevo en su cajón oliendo a tierra marrón, oscura y mojada. Que sus manos desprendieran un aire fresco a hierbabuena, tomillo o lavanda, por aquél entonces era un gran secreto. Ahora, resulta difícil no refregar esas plantas entre mis manos para sentirle más cerca.
domingo, 13 de junio de 2010
los sentidos adormecidos
Los guantes del huerto eran ásperos, los acariciaba antes de dárselos a mi abuelo en aquél cuartucho de madera despintada y descorchada por los años. Al caer la tarde, se sentaba en su rincón y bebía coca-cola mientras observaba la puesta de sol, ataviado con esos pantalones cortos que daban sentido al color “blanco roto” y la camisa más vieja que tenía. Yo no quería perturbar su momento, así que le miraba de reojo desde lo alto del tejado sin que se diera cuenta. Así, pensaba yo, compartíamos ambos el mismo instante.
Más tarde, guardaba los guantes de nuevo en su cajón oliendo a tierra marrón, oscura y mojada. Que sus manos desprendieran un aire fresco a hierbabuena, tomillo o lavanda, por aquél entonces era un gran secreto. Ahora, resulta difícil no refregar esas plantas entre mis manos para sentirle más cerca.
domingo, 6 de junio de 2010
ciudad de cristal
Los tejados de Macías.
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