domingo, 13 de junio de 2010

los sentidos adormecidos

Los guantes del huerto eran ásperos, los acariciaba antes de dárselos a mi abuelo en aquél cuartucho de madera despintada y descorchada por los años. Al caer la tarde, se sentaba en su rincón y bebía coca-cola mientras observaba la puesta de sol, ataviado con esos pantalones cortos que daban sentido al color “blanco roto” y la camisa más vieja que tenía. Yo no quería perturbar su momento, así que le miraba de reojo desde lo alto del tejado sin que se diera cuenta. Así, pensaba yo, compartíamos ambos el mismo instante. Más tarde, guardaba los guantes de nuevo en su cajón oliendo a tierra marrón, oscura y mojada. Que sus manos desprendieran un aire fresco a hierbabuena, tomillo o lavanda, por aquél entonces era un gran secreto. Ahora, resulta difícil no refregar esas plantas entre mis manos para sentirle más cerca.

domingo, 6 de junio de 2010

ciudad de cristal

...era un laberinto de pasos interminables y, por muy lejos que fuera, siempre le quedaba la sensación de estar perdido. Cada vez que daba un paseo sentía que se dejaba atrás a sí mismo. Entregándose a las calles, reduciéndose a un ojo que veía, escapaba a la obligación de pensar. Todos los lugares se volvían iguales y, en sus mejores paseos, era capaz de sentir que no estaba en ningún sitio. Era todo cuanto pedía: no estar en ningún sitio...
Los tejados de Macías.