Espinacas, crunch, crunch, crunch…silencio. Ras, zas, crash…carne envasada. Glum, glum, glum…mientras amasa la mullida mezcla, el olor a jengibre inunda el salón. Crunch, crunch, crunch...se atropellan los cortes. Sale corriendo a la cocina. En ese corto espacio de tiempo recuerdo que la primera vez me acerqué demasiado al olerlo, tanto, que me picaba el fondo de la nariz, pasaría entonces más de diez minutos intentando adivinar si me gustaba o no su aroma. Definitivamente sí, cercioraba ahora.
Mientras con la derecha gira poco a poco el bol redondo y blanco, abre y cierra la mano izquierda, glum, glum, glum…Es una autentica sinfonía, de olores y colores. Vuelve a la cocina, está apurado. Trae dos botellitas que chinchinean entre ellas, parece un mago añadiendo el elixir final a su pócima de oreja de conejo, pata de alacrán…!boom!. Mete la cabecita para ver si el aceite de sésamo y la soja se han vertido en su justa medida.
El tiempo que vivimos juntos me invita a vaticinar que mañana bajará al mercado, al primer puesto de la fila de la izquierda,-las de la derecha, aunque quedan más cerca de casa, no le caen tan bien- saludará a la dependienta, comprará col china y comerá con palillos todo un mapa recubierto con arroz.
Ñam, ñam, ñam…






